Olvidémonos de la "Selección Vergüenza"
No ha pasado una semana del pitazo final que marcó el cierre del torneo eliminatorio de los países suramericanos para el Mundial de Suráfrica y ya comienzan a apagarse las voces de inconformidad por la deplorable presentación del combinado nacional en la ronda clasificatoria.
Posiblemente, siguiendo la costumbre que mantenemos pasivamente desde cuando yo mismo lo recuerdo, llegarán de nuevo los calendarios cargados de esperanza y otra ronda eliminatoria para el siguiente mundial de fútbol hará que vuelvan a escucharse las voces de sabios, entendidos, simpatizantes y escépticos, pero nada cambiará. Y será así, no porque sea inmodificable nuestra situación o lo único viable para el fútbol colombiano, sino porque nadie parece capaz de dar un viraje radical y definitivo que mande al pasado para siempre todos estos años de frustraciones, derrotas, salidas en falso y fracasos vergonzosos.
Y ¿saben por qué? ¿En dónde se encuentran las causas de tanta amargura y desencanto? Bueno, creo que todos lo podemos responder pero casi nadie tiene la valentía de decirlo: el mal que nos corroe no está en las piernas de un torpe Pablo Armero, ni entre las sienes de un inepto Eduardo Lara como tampoco en las tontas gambetas de Giovanni Moreno o en las ineficientes carreras de Radamel Falcao García. No.
La tristeza que hoy tiñe de gris la tricolor bandera nacional en el mundo futbolístico, no tiene origen simplemente en la limitada condición deportiva de los más de cincuenta jugadores profesionales que vistieron el uniforme colombiano en los dieciocho juegos de la ronda suramericana. Esa pena fue creada y sigue creciendo día a día, en el mismo corazón y conciencia de todos esos colombianos mediocres que hora a hora alimentan el odio, el regionalismo, la ambición desmedida, la explotación, la trampa, el engaño, la violencia y la inmoralidad. O es que ¿acaso un país en donde algunos pretenden humillar a otros por ser provincianos se puede extractar nacionalismo? En una tierra en donde la mitad más uno, envidian y maldicen ignorantemente a su capital ¿se puede obtener sentido patriótico?
Creen ustedes que es excusable que un jugador de fútbol supuestamente profesional y muy varón, pueda argumentar que no es bueno jugar en la altura de Bogotá porque eso " aniquila sus posibilidades y las de sus pobres compañeros" como si únicamente él y ellos no estuviesen capacitados para jugar donde fuese y no se les pagase millones para prepararse debidamente a cambio de honrársele con la inestimable distinción de vestir el uniforme patrio.
¿Cómo es posible que esta tierra de Colón anide a tanto ignorante y que aparte de ello, los que no lo somos aceptemos impávidos su manoseo y miserable estilo de vida que nos han significado tantos años de derrota, pesar y sufrimientos?
¿Quién va por fin a levantar su brazo dispuesto a la lucha decidida para erradicar definitivamente esos vicios y pasiones insensatas, que hacen de unos afortunados futbolistas simples vulgares impotentes a la hora de enfrentarse a equipos de nobles luchadores como mostraron serlo venezolanos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos, uruguayos, paraguayos, argentinos, brasileños y chilenos ?
¿De qué nos sirve tanto reportaje, noticia, repetición y aplauso para Hernández, Julio, Córdoba, Viáfara, Rodallega y demás estrellas rutilantes, si a la hora de las cuentas se apagan temerosas ante el fuego victorioso de sus altivos rivales que saben desde niños lo que significa y vale vestir el uniforme nacional y saltar con el encima de sus hombros a una cancha de fútbol a nivel de mar, en medio de colinas o arriba en las montañas?
Muy bueno sería que alguien en los medios quisiese honrando la verdad, refrescase la memoria de sensatos, presentando las campañas fulgurantes de las selecciones olímpicas del 67 y 71, y las de la Copa América del 75 que dirigidas por Barona, Toza y Sánchez estuvieron conformadas por sencillos pero reales futbolistas. Mejor aún, que jugando en Bogotá, si miedo y sin excusas, volaron muy arriba pasando por encima de todos sus rivales, abriéndonos caminos de dicha y regocijo que no quisimos ni supimos volver a recorrer por estar ocupados en peleas fratricidas plagadas de ocultas personales ambiciones.
¿Y qué de tanto periodista corrompido, desleal y falto de principios? ¿De cuándo acá podemos pretender que ayuden a llevar esos necios a la cumbre esta bandera, si lo único que siembran es la discordia, el caos, el odio, el miedo, la envidia y el desorden? O ¿no hemos casi todos leído, visto, escuchado y presenciado a decenas de salvajes hablando pestes de ciudades, clubes, dirigentes, jugadores, árbitros e incluso aficionados? "Que nunca en Bogotá se respaldó a los gladiadores"... "que fue que en Barranquilla aplaudieron más a los de afuera"... "que ya en la realista Medellín nada se esperaba"...
¿Y la gente en general?
Pues totalmente desorientada, como natural consecuencia de ese monstruo mentiroso, dando palos de ciego a todo y contra todos sin darse cuenta que estamos imprudentes destrozando, mancillando y arruinando no solo en el aspecto deportivo sino en todos los sentidos, la patria hermosa que dejaron hace un par de siglos libre verdaderos patriotas que si dieron ejemplo brillante y perdurable de valor y amor por su escudo y su bandera.
Pero seguirán los torneos, las sátiras y los odios. Volverán a las tribunas y a los medios las frases ofensivas y no se callarán de la noche a la mañana los gritos e improperios de costeños a cachacos ni de cachacos a costeños, que tercos e inmutables unidos por un mutuo aunque distante sentimiento aplaudirán, insultarán y llorarán de nuevo otra eliminación y las siguientes de próximas selecciones orgullosamente nacionales...
¿Será que cambiamos algún día? Dudoso. Muy dudoso, lo repito acongojado. O si no; refiriéndome particularmente al balompié; que alguien comience a mostrarnos lo contrario despojando a equipos deshonestos de estrellas indebidas obtenidas con dineros manchados de sangre y de ignominia.
Que hagan respetar el concepto sensato, sereno e imparcial de los que verdaderamente saben y conocen poniendo a jugar la selección con varones verdaderos en su casa natural como lo hacen mexicanos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos y demás que sin mojar sus calzoncillos porque juegan en la altura enfrentan sus rivales con valor y gallardía.
Aunque moleste la verdad, como lo hacen argentinos, uruguayos, paraguayos y chilenos que jueguen en su noble capital y se olviden de la envidia y el mortal regionalismo.
Que alguien apto y en verdad capacitado (ojalá ya mismo) remplace, a los tontos atembados que quitan puntos por medio pupitrazos a equipos honestos, deshonrando la justicia a sabiendas que nada indebido hicieron sus afectados dirigentes. Como fue el caso del fallo equivocado en favor del Medellín que pese al conocimiento pleno de que fue el jugador el criminal y que la misma selección juvenil con dirigencia nacional a bordo, sirvió de escaparate a ese malhechor para llegar al Santa Fe.


