¿Quién no conocía a doña María Luisa?
Durante años, María Luisa Rodríguez atendió a los hinchas que asistían al estadio El Campín en su puesto de trabajo ubicado en las cercanías de este escenario deportivo. El sábado en la noche falleció a sus 82 años una mujer que, con su trabajo, entró a hacer parte de la historia de los equipos de fútbol de Bogotá.
En la Clínica Palermo, falleció doña María Luisa Rodríguez debido a una insuficiencia respiratoria antes de las siete de la noche. En ocasiones, y suele pasar, se ignora el reconocimiento que tienen personajes como ella con quien más allá de hablar de una mujer del común y su experiencia, se habla de una mujer a la que el fútbol le cambió la vida, tanto así que este deporte se constituyó en su vida.
Los últimos cincuenta años de doña María Luisa fueron dedicados a dos pasiones: sus seis hijos y al estadio de fútbol Nemesio Camacho El Campín. Muy de madrugada, a eso de las cuatro de la mañana, una extensa estufa daba la parada para iniciar la preparación de los alimentos que se iban vender a las afueras del estadio en el callejón que une al Coliseo El Campín, El Campincito y al Nemesio.
Esta fue su oficina, su casa y su espacio, el lugar que vio crecer a sus hijos y fue testigo del cambio que con los años sufrió su cabello rubio que ahora estaba teñido de color plateado. Muchos la adoran y otros la envidian, envidian sus días de gloria en los que albergaba a sus clientes, que no sólo eran clientes, sino otros hijos, discutiendo horas enteras sobre el partido de fútbol que acababa de terminar, el marcador del encuentro, los jugadores, los goles omitidos y los convertidos. “Allá sólo se hablaba de fútbol”, afirmó alguna vez.
En la década de los cincuentas, llegó a trabajar por primera vez en las calles aledañas al estadio. Cargada con una olla de cuarenta litros repleta del piquete bogotano, plato típico de la ciudad, que contenía huesos de marrano, sobrebarriga, papa y yuca pudo hacerse un lugar y llegó a vender entre 10 y 15 ollas de comida en los clásicos entre Millonarios y Santa Fe. Los encuentros deportivos eran la oportunidad para sostener su hogar, por eso en aquella época cuando era permitido en el estadio salir al intermedio, la señora María Luisa vendía sanduches de carne luego de vender toda la comida al comienzo del encuentro.
De la mano de la remodelación y la ampliación del Nemesio Camacho El Campín (1966 y 1968) y los elementos innovadores, como el tablero electrónico de la tribuna norte, se inauguró por orden de la Administración Distrital el famoso "Palacio del Colesterol", nombrado así por el periodista Carlos Arturo Rueda, cuyo propósito fue terminar con las ventas callejeras en el estadio. Adecuándose a las circunstancias, doña María Luisa incursionó en la venta de comida fritanga y, como ella lo dijo, “en ese entonces se vendía de todo y a nadie le hacía daño”.
Quizás la cuenta de cuántos hijos adoptivos tenía es permitir que más de uno se quede por fuera. Su carpa sobre el callejón todavía era visitada porque, a pesar de todo, muchos no la habían olvidado: un gran número de periodistas quienes echaban pito al pasar, mandaban besos gritando palabras de afecto o sencillamente se detenían un momento a saludar; o sus muchachos de la barra “Los Cardenales de María Luisa”, para quienes la carpa fue el lugar de encuentro, de charla, de algunos tragos, de fiestas, mariachi y vallenato. Sin embargo, siempre hay alguno más especial que otro y doña María Luisa no lo pensaba dos veces cuando mencionaba a Marco Antonio Bustos "El Emperador". Helena, su hija mayor (en la foto), afirma que él la hizo famosa, traspasando las fronteras. Desde el lugar en que se encontrara, Bustos le enviaba saludos especiales a su mamá y mencionaba: “nos hace mucha falta por acá y extrañamos la comida de doña María Luisa”.
Durante los encuentros deportivos, varios locutores incluían en sus transmisiones alusiones a ella, como Rey Mosquera, quien luego de un remate que se iba desviado por arriba del arco decía: “allá le tumbaron las gallinas a María Luisa con el balón”. Recordar esos momentos la llenaban de felicidad y a la vez de nostalgia, porque revivía ese pasado que duró gran parte de su vida, en el que vivía domingo a domingo y en el que a pesar de los grandes esfuerzos físicos para hacerlos realidad, disfrutó y añoraba volver a sentirlos. No obstante, las largas jornadas que empezaban desde muy temprano y cuya hora de finalización era incierta ya estaban empezando a cobrar cuenta en el cuerpo de doña María Luisa.
En alguna ocasión, se presentó una solicitud ante la Alcaldía local de Teusaquillo para retirar a la señora María Luisa del callejón. José Fernando Porras, periodista de Todelar, se acercó ante el Alcalde de la localidad y le dijo: “mi querido doctor, si usted no deja trabajar a María Luisa, usted se va a echar de enemigo a medio Bogotá. Porque quién no conoce a María Luisa y quién no defiende a María Luisa, más bien, lo invitamos a que conozca el puesto de ella y se dé cuenta del sitio de trabajo que es como llegar a la sala de su casa, mi querido doctor”.
La carpa, el puesto de trabajo, se convirtió con el pasar de los años en la casa de todos. Era la “sala” donde los hinchas sin distinción de camiseta compartían y formaban la fiesta del fútbol. Entre comida, compañía, cerveza, familiaridad y comentarios deportivos, los momentos allí no se olvidaban. Es tanto así que muchos de los clientes que visitaban por primera vez el puesto no salían de allí y, automáticamente, hacían parte de la barra de los Cardenales de María Luisa. Como en toda familia existían ciertas conductas y para ella no eran permitidas las peleas, ni los insultos y no se presentaron robos en su carpa porque, como ella decía, su puesto “se respeta”.
Desde siempre, se perfiló como una mujer de armas tomar, cabeza de hogar, una madre de seis hijos emprendedora, puesta en su lugar y muy trabajadora. Llevó consigo la comida a la Plaza de Toros, Corferias, el Parque del Salitre, Parque Simón Bolívar, etc. dentro de la ciudad. Del mismo modo, se dio a conocer en municipios como Duitama, Capellanía y Facatativá donde no sólo vendió comida sino que también comercializó con pólvora.
Al finalizar el año y consigo el torneo deportivo, la fiesta de agradecimiento con los clientes y amigos era la más deseada. El último domingo, todos esperaban la despedida con cajas de whiskey, lechona o picada porque sin importar el ganador del encuentro la alegría cobijaba el ambiente, todos compartían entre sí y en varias ocasiones la fiesta se prolongaba hasta la casa de doña María Luisa.
Dejar atrás esos momentos especiales, donde la felicidad y el fútbol eran los protagonistas, fueron las razones a las cuales la "Mona" María Luisa, como la llamaban unos, no había decidido retirarse de El Campín. Porque para ellos, y así lo consideraba ella, eran una familia.
Sin embargo, los tiempos ya no son los mismos. Desde hace 13 años, aproximadamente, la manera cómo se vive el fútbol en El Campin no es la de antaño. El surgimiento de las "barras bravas" de los equipos construyó una esfera de inseguridad alrededor del deporte. Con ello, la toma de medidas como la prohibición de comercialización de bebidas alcohólicas, afectó las ventas notoriamente en los puestos de comida de El Campín ya que uno de sus productos de mayor auge era la cerveza. Sumado a las restricciones distritales, la inseguridad permeó los espacios del fútbol y no faltan las agresiones físicas y verbales. Aunque la época cambió, doña María Luisa continuó con su labor en los días de partidos en el estadio de la 57 esperando que sus recuerdos se volvieran realidad.
Aun así, ella será el ídolo del estadio y es probable que Rubén Darío Arcila no se equivoque en afirmar que el “fútbol sin María Luisa no es fútbol”. Toda una vida ligada a este deporte, atravesando las épocas gloriosas y otras menos favorables pero siempre en disposición a él. Pese a su muerte, doña María Luisa es de las santafereñas que con su presencia emite espeto y admiración y pese a que su corazón es albirrojo nunca tuvo resentimiento alguno con los hinchas de Millonarios y de hecho, aclaraba ella, los atendía muy bien.
Con esta disposición doña María Luisa y su puesto, esperaban cada fecha deportiva la visita de muchos espectadores con el ánimo de invitarlos a disfrutar la comida que por más de 45 años ha acompañado el fútbol bogotano. Su recuerdo ahora estará al lado de las grandes glorias que han pasado por El Campín y desde algún lugar estará esperando a los miles de hinchas que atendió y que dirán, al igual que Marco Antonio Bustos, "allá vamos doña María Luisa".


